‘Toby’ acabó de cumplir 10 años en marzo, no hubo fiesta. Es un labrador negro, siempre feliz y dinámico, dispuesto a jugar y a recibir caricias. Es un miembro más de nuestra familia. Uno de estos días, tomó la palabra, la de que todo se dice a través de la mirada.

Quiero que hagan un minuto de silencio para todos los animales abandonados en el mundo, con esta enfermedad que se extendió sin límites. Amos de mascotas no pudieron seguir con ellos en los espacios confinados, otros por miedo al contagio animal decidieron entregarlos a refugios ya sobrepoblados o a tirarlos a la calle. Quiero también que se deje de culpar a los animales silvestres que cada día desaparecen por la explotación forestal y la contaminación. Los murciélagos son mis amigos, viven bajo el techo de mi casa y son negros como yo.

Y continuó: luego de este silencio, quiero que aplaudan muy fuerte a todos los animales, que ya se sienten libres en su mundo, en su naturaleza. Estaban antes de los humanos y siempre cuidaron el planeta. Nuevamente disfrutan de aire descontaminado. Me contaron que regresaron a hábitats que habían abandonado hace años. El cielo se ha despejado en algunos lugares, ya no hay humo negro de las industrias. Me siento a gusto de que la madre naturaleza haya tomado un respiro sin que los humanos estén por todas partes provocando daños y creyendo ser los dueños de todo, cuando en realidad son invitados de nuestro planeta tierra.

Pero, eso no era todo: termino de filosofar aquí para contarte que estuve en una situación muy estresante últimamente. El joven de la casa regresó de Francia, donde estudiaba. Allí, dicen, se cerraron todos los negocios y las universidades. Cuando llegó, se encerró en un cuarto y no lo vi más. Lo olía por debajo de la puerta. Notaba mi presencia, pero nunca abrió la puerta. No le he hecho nada y no entiendo por qué no quiere jugar conmigo.

La empleada de servicios llegaba todos los días a las 6:30 de la mañana. No volvió y la casa ahora está bastante desordenada. Peor aún, Gustavo, mi fiel paseador, venía todos los días a sacarme a caminar en el condominio, algo que siempre significa una felicidad inmensa. Tan pronto lo olía o lo escuchaba, ladraba para que me sacarán lo antes posible de la casa. No volvió y no entiendo qué les pasa en este mundo.

Ahora, todo está el revés. Mis amos salían todo el día y regresaba por la noche. Me quedaba con la empleada, haciendo mis caminatas y a veces a solas por unas horas. Ahora, están todo el día, estoy todo el tiempo acompañado, menos el joven que sigue en ‘prisión’ arriba en su cuarto. Es bueno por un lado, pues recibo más caricias, pero ya no puedo salir como lo hacía antes, solo me dejan ir al jardincito donde hay algo de pasto, pero no más paseos acompañado. Me siento muy confinado en la casa. ¿Me puedes ayudar?

Se pusieron a cocinar y a lavar los platos, mis amos ahora también pasan el trapo al piso, recogen los pelos negros que esparzo por toda la casa. Siento la tensión, están al tanto de las noticias y no comparten las mismas opiniones sobre un acontecimiento: parece que hay un virus que afecta la salud del género humano en el mundo entero. A mí no me afecta, no me enfermo y no porto, ni contagio ese bicho a los demás.

Pero, hay algo peor en esta situación de crisis. Hay una perra en celo en el barrio. Mi instinto me dice que debo salir a buscarla y ya me escapé dos veces. Salté una reja a más de un metro de altura y me fui por el campo detrás de este olor tan delicioso. Mi dueño me encontró y, después de darme un regaño, me regresó a casa.

Con estos cambios, con esta perra que se escucha chillar y las escasas salidas, un día, me oriné en la casa. Ya que la empleada no estaba, mis amos, furiosos, tuvieron que correr todos los muebles para limpiar. Ellos tratan de mantener la calma y no pelear. Escuchan grabaciones positivas, juegan conmigo, hablan por medio del computador y del teléfono. Siento que están muy preocupados, salen con máscaras y desinfectan todo al ingresar. Hicieron provisiones de alimentos, menos mi concentrado.

En fin, el mundo cambió, ya no es como antes y no sé cuándo volverá a ser el mismo. Hay pros y contra: ahora nunca estoy solo, siempre hay alguien conmigo, pareciera que los humanos aprenden la humildad, la solidaridad y el respeto a los animales.

Dominique Hennechart
Psicólogo 

Foto de Dominique

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