Estuve invitado como ponente  al primer congreso colombiano organizado por los comisarios y las comisarías de familia llamado: “la acción de protección en el marco de la violencia intrafamiliar”. 700 funcionarios y empleados del ministerio de justicia tales como abogados, jueces, fiscales participaron en este evento virtual que tenía por objetivo debatir sobre leyes en relación con sus oficios diarios, específicamente sobre la protección de los derechos de las víctimas.

Mi intervención fue llamativa para muchos asistentes. Estuve buscando un cambio de perspectiva para no seguir hablando únicamente de violencia. Aquí viene el resumen.

Vivimos tiempos donde la guerra pareciera ser el foco de nuestra atención a pesar de que nuestros discursos siguen promoviendo la paz. Entiendo por guerra todos nuestros actos que fomentan actitudes violentas, pensamientos bélicos donde consideramos que hay víctimas y agresores, donde la lucha pareciera una obligación para que se respeten los derechos. En este momento batallamos contra un virus, contra la discriminación racial, para reducir la tasa de feminicidios disparados durante esta pandemia, para acabar con la violencia intrafamiliar y los desequilibrios económicos y de géneros

Mi propósito es cambiar la mirada, ver desde una perspectiva diferente para tener resultados diferentes. Si pudiéramos enfocarnos en la integración, en la complementariedad, en la unión, en la responsabilidad compartida, si pudiéramos favorecer  la inclusión y mantener la exclusión al margen estoy convencido de que tendríamos un país pacífico. Espero que las generaciones futuras de los servidores públicos en la rama judicial puedan resolver los conflictos familiares con una práctica más amplia y más efectiva. Este enfoque novedoso es el derecho sistémico.

“¿Al cambiar tu mirada sobre el mundo, será que el mundo cambia?”

Podemos seguir pensando que todo es causa y efecto, que las leyes newtonianas rigen el mundo físico, que la justicia es castigo y reparación, incluso también podemos abrirnos a nuevos paradigmas, a la física cuántica, a la sincronicidad, a la complejidad, a la sistémica. Invito a emprender un camino atrevido de la cabeza al corazón. En un mundo cada vez más caótico donde vive un hombre egocéntrico, es tiempo de que todos podamos cambiar nuestra mirada y nuestros actos para reconstruir humanidades.

Revisé la Ley colombiana 1257 del 4 de diciembre 2008 que nos habla de las normas de sensibilización, prevención y sanción de formas de violencias y de discriminación contra las mujeres que es la referencia para los comisarios de familia en Colombia.

Mi lectura transversal y divergente fue la siguiente: aparece 87 veces la palabra mujer, 48 veces la palabravíctima, 15 y 18 veces las palabras agresor y discriminación, respectivamente, violencia está repetida en 65 oportunidades.

Para volver a nuestra humanidad considero necesario operar un cambio interno de nuestro enfoque. En este ejercicio sencillo de leer esta ley estuve buscando palabras para escanear el contenido y su enfoque.

La palabra hombre está citada 2 veces, la palabra igualdad 4 veces, la palabra educación… que, sabemos todos, es la clave del cambio para el futuro, está presente una sola vez en un contenido de 5.760 palabras. Si me atrevo a buscar las palabras que considero hacen parte de la solución de los conflictos y dela violencia intrafamiliar, encuentro que las palabras conciliación, reconciliación, paz, amor no están, sencillamente no existen.

Lo que no tiene representación difícilmente puede tomar fuerza y ser parte de la solución como creo que debería ser. A propósito de la representación y de la percepción, más allá del contenido, estuve muy sorprendido de las firmas presentes en esta ley. Tenemos seis varones con funciones de ministros, secretarios, presidentes de las más altas instancias del país para ratificar algo específicamente destinado a las mujeres. 

La violencia no tiene género. Esta afirmación puede contradecir la experiencia cotidiana de los policías y de los funcionarios que atienden, mayoritariamente, víctimas femeninas. ¿Sabías que los hombres también sufren de cáncer de mama? ¿Sabías que los suicidios en Latinoamérica están compuestos en un 80 por ciento, por hombres? Todos sufren de igual forma.

Soy psicólogo para pareja, veo también hombres engañados por sus esposas y violentados físicamente. Mi postura filosófica y sistémica es siempre la misma: los dos son a la par, son dos adultos por igual. En una relación hay una corresponsabilidad compartida del 50 por ciento para cada uno. Yo no defiendo a nadie, no culpo a nadie, yo soy un facilitador para que cada uno asuma lo suyo. La violencia tiene múltiples facetas, ya sea física o psicológica y no puede ser permitida. Se necesita volver al equilibrio. Me quedo en el centro, imparcial, en paz… y es difícil. 

La filosofía de Bert Hellinger, un teólogo, filósofo y terapeuta alemán nos habla de los órdenes del amor. Cuando hay orden en una familia el amor fluye y el conflicto desaparece. Estos principios básicos de la vida nos enseñan que hay una jerarquía, una pertenencia y un equilibrio en el dar y el recibir dentro de los miembros de una familia. Cuando estos principios no se consideran hay compensaciones dolorosas. Una manifestación de la falta de respeto es la violencia.  

Las constelaciones familiares como psicoterapia ponen en evidencia que comportamientos violentos son el reflejo no sólo de aprendizajes y traumas de la infancia sino que vienen de generaciones anteriores. Asuntos no resueltos de abuelos o bisabuelos donde hubo muertes violentas, víctimas y victimarios tienen un impacto sobre sus descendientes. Existen lealtades inconscientes hacia antepasados para reparar hechos traumáticos, muchas veces desconocidos. Son secretos de familia que necesitan ser vistos o compensados.

Cuando hablo de reconstruir humanidades, se trata de desarrollar una mirada más amplia del conflicto. No hay un bueno y un malo, reducir el juicio a uno que es una víctima que debe ser protegida y a otro que es el perpetrador que debe ser castigado, en muchos casos no da paz a los participantes. Es más complejo. Todos están inmersos en un sistema vivo que se compensa, todos tienen muchas implicaciones y responsabilidades donde los participantes quieren ser vistos y amados.

Muchas veces sin darnos cuenta, el terapeuta, el abogado o el comisario de familia puede tomar un rol que no le corresponde en el conflicto. Por su autoridad y porque debe tomar decisiones, él puede sustituir de forma inconsciente al padre de la víctima o del agresor, él dicta lo que hay que hacer y lo que no se debe hacer. Él se vuelve el padre o la madre de la persona que tiene al frente. Esta actitud puede ser perjudicial para el funcionario y para el cliente. La persona atendida, generalmente la víctima y el agresor reaccionan como un niño herido o una niña herida, regañado o regañada. La resolución del conflicto se puede demorar y no llegar a su fin si todos los partícipes no están en una posición de adultos.

Cristina Llaguno es abogada desde hace casi 40 años en distintos juzgados argentinos. En  Chile, es asesora internacional en negociación de conflictos y fundadora del Instituto de Derecho Sistémico. Fue mi profesora en clase de psicología y decía: “la función del abogado o del funcionario judicial es acompañar al cliente desde la oscuridad del conflicto hacia la luz de la solución”, agrega “la paz está en el corazón de los abogados”. La terapia sistémica aplicada a la justicia está en desarrollo y en ascenso, ya está aceptada y practicada oficialmente en juzgados de Brasil.

¿Cómo mirar de otra forma y romper el círculo vicioso donde la violencia se perpetúa? La mirada sistémica y la aplicación de los órdenes del amor es una clave que puede abrir nuevos espacios de comprensión y de práctica profesional. No es una teoría más, ni una terapia novedosa para aplicar con una metodología científica. Es algo más. Se requiere un cambio individual, vivir una filosofía que se enfoque ante todo en la vida y en la paz.

Dominique Hennechart
Psicólogo 

Foto de Dominique

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